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La turbulenta sucesión de Güemes: Ascenso y legado del primer gobernador post-caudillo

La historia de Salta, como la de toda nación en formación, se debate entre héroes y traidores. Pero en los vericuetos de la política, pocas cosas son tan simples. El gobierno de José Ignacio de Gorriti, el primero en completar un mandato después de Güemes, es a menudo presentado como la transición necesaria del caudillismo a la institucionalidad. Sin embargo, una mirada crítica revela que su ascenso al poder y sus políticas representaron, en realidad, el triunfo de una élite económica y social sobre el figura de un caudillo que desafió sus intereses.

Un golpe de Estado con ropaje de «legalidad»

Mientras el discurso oficial celebra a Gorriti como el pacificador que puso fin a la anarquía post-Güemes, los hechos demuestran un método político menos virtuoso. Gorriti no llegó al poder por elecciones o consenso, sino por un golpe de Estado. Él y su facción, la llamada «Patria Nueva», derrocaron al gobernador interino Fernández Cornejo. El pretexto fue el armisticio que este último había firmado con el ejército realista, un pacto que los güemistas consideraban una traición. Pero el verdadero motivo era mucho más profundo: era el momento de la «Patria Nueva» para recuperar el control de una provincia que, bajo Güemes, había priorizado el esfuerzo de guerra y la lealtad personal por encima de los intereses de la aristocracia terrateniente y comercial.

Gorriti utilizó el fervor popular, pero no para empoderar al pueblo, sino para consolidar el poder de su clase. Su gobierno, más que ser un ejercicio de legalidad, fue una demostración de que la fuerza, o la amenaza de ella, seguía siendo la principal herramienta política en la convulsa Salta del siglo XIX.

El «vacío» de políticas públicas: ¿Estabilizar o restaurar?

Si se buscan grandes reformas en el primer gobierno de Gorriti (1821-1823), la historia se queda en silencio. Más allá de su logro principal, que fue la estabilidad de su mandato, no se encuentran registros de políticas públicas significativas. Las reformas administrativas, educativas o sanitarias, como la introducción de la vacunación, se registran en su segundo gobierno, años después.

Esta falta de acción directa no fue un descuido, sino un reflejo de su objetivo principal: restaurar el orden perdido y el poder de su facción. Para la «Patria Nueva», el problema no era la falta de instituciones, sino la existencia de un líder que las desbordaba. El objetivo de Gorriti fue «normalizar» la provincia, lo que implicaba desmantelar el aparato político-militar de los güemistas y devolver el control a los sectores que lo habían perdido. En este sentido, el gobierno de Gorriti fue una restauración más que una revolución.

El traslado de los restos de Güemes: Un acto de apropiación política

La decisión de trasladar los restos de Güemes a la Catedral de Salta, a solo dos meses de su asunción, es el acto más simbólico y, a la vez, el más controvertido de su gestión. Presentado como un gesto de reconciliación, este movimiento puede leerse como una cínica apropiación de la figura de Güemes. Gorriti, que pertenecía a la facción que se había opuesto a Güemes en vida, ahora lo elevaba a la categoría de prócer. Al hacerlo, le quitaba al caudillo la «propiedad» simbólica de su lucha, la despojaba de su carácter popular y la integraba en el relato de la élite, el mismo grupo que lo había combatido.

En lugar de honrar a Güemes tal como fue, Gorriti lo transformó en un mártir manejable, un símbolo que podía ser utilizado para legitimar su propio gobierno y el fin del sistema que el caudillo había encarnado. El gesto fue exitoso, pero su intención no fue desinteresada: fue una jugada política magistral para consolidar su poder y enterrar, de forma simbólica, la era de los gauchos.

En conclusión, el gobierno de Gorriti, más que un faro de institucionalidad en la oscuridad, fue el triunfo de una facción sobre otra. La élite salteña recuperó el control de la provincia, no a través del voto, sino de la fuerza política. Su legado, más allá de la estabilidad, reside en haber iniciado la transición de Salta de una provincia militar a una regida por los intereses de las familias más poderosas.

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