
Hay derrotas que duelen y hay derrotas que desnudan. La de ayer entra en la segunda categoría: ganaba 2 a 0 y terminó perdiendo 3 a 2 frente a Agropecuario Argentino. No es solo un resultado adverso; es la síntesis perfecta de un presente desbordado, donde lo deportivo ya no se puede separar de lo institucional.
El equipo, a dos puntos del descenso, refleja en la cancha lo que ocurre fuera de ella. Bajo la conducción del “Vasco”, Juan Manuel Azconzábal, no hay respuestas ni reacción. El desgaste físico —agravado por errores logísticos como lo ocurrido tras el viaje desde Buenos Aires luego del partido frente a Vélez Sarsfield— se combina con decisiones técnicas tardías. Los cambios llegan cuando ya es tarde, los partidos se escapan y la sensación de impotencia crece.
Pero el verdadero problema es más profundo. El fútbol no es la causa: es el síntoma más visible de una crisis estructural que atraviesa a todo el club.
En natación, la situación es crítica: sin techo y con condiciones que no están a la altura, se produce un éxodo masivo de socios hacia otras piletas. En tenis, dos canchas se encuentran destruidas mientras avanza la construcción de un mega local comercial que no solo modifica el paisaje —tapando el cerro— sino que además genera cuestionamientos por su impacto ambiental y su prioridad dentro de la agenda dirigencial. En vóley, el techo sigue sin resolverse, una postal que se repite y que habla de promesas incumplidas.
A esto se suma la intervención en subcomisiones que históricamente funcionaban con autonomía, como vóley y básquet. La intromisión rompe estructuras, genera conflictos y desarticula espacios que eran sostenidos por el compromiso de dirigentes, padres y deportistas. En tenis, directamente, se percibe un cierre total a miradas alternativas, lo que profundiza la sensación de exclusión.
El clima institucional se tensa aún más con episodios graves: denuncias de violencia en el ámbito del básquet, cuestionamientos al rol de Ricardo De Cecco por la acumulación de poder y funciones, y un creciente malestar con la gestión comercial encabezada por Hernán Dietrich. La indumentaria oficial del club —con costos elevados para las familias— se convierte en otro foco de conflicto: una camiseta de vóley femenino que llegó con dos meses de demora y a un valor cercano a los 50.000 pesos es más que un dato, es un símbolo de desconexión con la realidad de los socios.
Como si fuera poco, aparecen señales preocupantes en el plano institucional: hostigamiento al órgano de fiscalización por intentar cumplir su rol según el estatuto, e intentos de reforma de ese mismo estatuto “entre gallos y medianoche”, sin la participación real del socio. Cuando se tensionan los mecanismos de control y se debilitan los espacios de participación, la institucionalidad entra en zona de riesgo.
En este contexto, la conducción de Marcelo Mentesana queda en el centro de todas las miradas. No solo por el presente futbolístico, sino por un modelo de gestión que hoy aparece cuestionado desde múltiples frentes. Socios, padres e hinchas elevan su nivel de disconformidad frente a una dirigencia que se percibe cada vez más cerrada, distante y con escasa autocrítica.
Gimnasia y Tiro no está atravesando solo una mala racha. Está frente a una crisis integral. Y en estos escenarios, la diferencia no la marca un resultado el fin de semana, sino la capacidad de conducción para ordenar, escuchar y corregir.
Porque cuando un club empieza a perder en todos los frentes —deportivo, social e institucional—, ya no se trata de una caída. Se trata de un llamado de atención urgente. Y el tiempo para reaccionar no es infinito.



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