
A menos de un año de haber asumido el gobierno, Carlos Sadir enfrenta uno de los momentos más difíciles de su corta gestión. La provincia atraviesa una crisis económica, social y política, mientras el mandatario parece haber optado por la pasividad, refugiado en la estructura heredada de Gerardo Morales, pero sin mostrar un rumbo propio.
Continuidad sin conducción
Desde el inicio de su mandato, Sadir intentó presentarse como el garante de la continuidad institucional del modelo radical. Pero en los hechos, esa continuidad se tradujo en inmovilidad: decisiones demoradas, respuestas débiles y una administración que no logra dar señales de iniciativa.
En las últimas semanas, sectores políticos y sociales comenzaron a marcar que el gobierno jujeño perdió capacidad de conducción, y que la agenda provincial está fragmentada entre reclamos gremiales, conflictos territoriales y el creciente deterioro del tejido social.
“El gobernador parece más un contador que un conductor”, graficó un dirigente opositor, señalando el contraste entre la rigidez administrativa y la falta de sensibilidad política frente a los problemas cotidianos.
Economía paralizada y malestar social
Jujuy muestra indicadores alarmantes: caída del empleo público, retracción del consumo, y una actividad privada paralizada por la falta de obra pública y el ajuste fiscal.
Los salarios docentes y estatales quedaron muy por debajo de la inflación, generando una conflictividad sindical que volvió a las calles, mientras el gobierno responde con silencio o represión, repitiendo la fórmula de la gestión anterior.
La política energética y minera, uno de los ejes prometidos de desarrollo, no se tradujo en mejoras concretas para las comunidades locales. A pesar de los ingresos por proyectos de litio y energía solar, la pobreza estructural se mantiene por encima del 40%.
Distancia con la gente y aislamiento político
A diferencia de Morales, que concentraba la conducción política y mediática, Sadir se muestra ausente del debate público. Su bajo perfil —que en un inicio fue visto como una virtud técnica— hoy se percibe como signo de desconexión.
Mientras tanto, su gabinete muestra señales de desgaste y falta de cohesión, con funcionarios más preocupados por sostener equilibrios internos que por resolver los problemas provinciales.
En la Legislatura, los aliados radicales y peronistas dialoguistas ya admiten que no hay liderazgo político claro, y que la gestión perdió el pulso del territorio.
La sombra de Morales y la ausencia de renovación
El exgobernador Gerardo Morales sigue marcando la agenda desde fuera del poder formal. Su influencia sobre Sadir condiciona decisiones clave y mantiene una estructura política que se resiste a renovarse.
Así, el actual mandatario parece atrapado entre la herencia del pasado y la falta de un proyecto propio. La “transición ordenada” que prometió se convirtió en una gestión inerte, incapaz de interpretar los reclamos sociales.
Un escenario abierto
El malestar creciente en la provincia, sumado al deterioro económico nacional, abre espacio para nuevas referencias políticas, especialmente dentro del peronismo jujeño que busca reposicionarse con figuras como Leila Chaher.
Mientras tanto, el oficialismo intenta sostener el control institucional, pero su legitimidad se debilita día a día, y el gobernador Sadir enfrenta la paradoja de ser el jefe de una provincia sin liderazgo real.



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