
Una encuesta con 632 votos dejó al descubierto un dato contundente: el 63,29% respondió “No da el presupuesto, me quedo en casa”. En una provincia donde el Carnaval es identidad, pertenencia y motor de la economía popular, la crisis económica obligó a frenar una de las tradiciones más profundas del pueblo jujeño.
El número habla por sí solo y no admite maquillaje ni lecturas optimistas: la mayoría no dejó de carnavalear por decisión propia, sino porque no pudo pagarlo. Del total de respuestas, apenas el 19,62% dijo que viajaría al Norte, el 11,39% al Carnaval de Los Tekis y solo el 5,70% optaría por corsos en capital o interior.
Lejos de ser una anécdota de temporada, el dato funciona como un termómetro social de alto impacto. Cuando una provincia como Jujuy —donde el Carnaval forma parte de la memoria colectiva y la vida comunitaria— resigna su fiesta más representativa, lo que entra en crisis no es solo el consumo, sino también el entramado social.
Detrás de cada comparsa que no sale hay costureras, músicos, feriantes, gastronómicos, transportistas, sonidistas y cientos de trabajadores informales que dependen de esta dinámica cultural y económica. La caída de la participación también arrastra oportunidades de ingreso y espacios de encuentro comunitario.
El mensaje central es claro: las economías familiares entraron en “modo defensa”. Primero se priorizan alimentos, servicios, medicamentos y deudas; el ocio queda relegado a lo último. Y esta vez, simplemente, no alcanzó.
La señal que emerge desde Jujuy es contundente: cuando una fiesta popular se suspende por falta de recursos, el problema deja de ser coyuntural para volverse estructural. El pueblo no abandonó el Carnaval; la crisis lo obligó a resignarlo.



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